tempus fugit
Tempus fugit
el tiempo devorador de todas las cosas
Salí del bosque y al mirar atrás, entre las sombras negras y azules de los arboles, sus crujidos bajos y profundos me llamaron de vuelta, pero ni siquiera pude volver atrás, estaba muy cansado, sin fuerzas suficientes ni siquiera para respirar
Entonces me dejé caer y con los brazos extendidos caí lentamente hacia atrás, sobre la hierba verde que se movía con el viento. Pude ver como las altas copas d e los arboles se alejaban de mi y sus hojas me susurraban distantes.
Recostado sobre la hierba mire el cielo lleno de estrellas brillantes, algunas con luces verdes, rojas, amarillas y azules.
Poco a poco fueron desapareciendo, una tras otra, mientras el cielo se aclaraba y volvía celeste. Primero las más pequeñas y lejanas y luego las más brillantes, que una vez fueron las primeras en aparecer, iluminando la fría noche. Así fue, hasta que quedo una sola, la más brillante de todas, que brillo por ultima vez con su pequeño esplendor para luego desaparecer ante el día.
En ese momento el cielo celeste estuvo vacío, excepto por la luna menguante, eterna y fiel custodia. Fue entonces cuando salió el sol, en todo su esplendor, pero con delicadeza, casi con suavidad para no dañar con su luz, entrando de golpe. Sus rayos amarillos cayeron como hilos sobre los árboles llenando la humedad del bosque. Todo se lleno de una brisa fresca, esperanzadora. Las brotes verdes de las ramas comenzaron a florecer y los capullos comenzaron a abrirse, liberando a pequeños seres iridiscentes, con alas de colores, que bailaron y cantaron junto a las avecillas.
El sol tocó mi piel y un escalofrío la recorrió.
Pero no pude moverme, y sentí como mis ropas fueron desapareciendo, como polvo deshecho en el viento. Los insectos y la hierbas caminaron y crecieron sobre. Lentamente las hormigas comenzaron a devorar mi piel, caminando en fila sobre mi; y los musgos crecieron entre sus pliegues. Los zancudos chuparon mi sangre junto a los escarabajos que comenzaban a masticar. Las enredaderas se fueron anclando a mis extremidades y estas a ellas, y al suelo, a su vez, mientras yo yacía estirado sobre la tierra.
Las nubes blancas, como motas de algodón, flotaron plácidamente en el cielo celeste y la brisa fresca me acarició y refrescó.
El sol siguió elevándose y llegó a lo más alto del cielo. Ahora estaba en su máximo esplendor, poderoso y altivo. Su calor penetraba todos los rincones y el aire más seco se llenaba de vida. Las flores dieron paso a grandes hojas verdes, que contrastaban con el cielo profundamente azul. Las aves en vez de cantar, comenzaron a revolotear y volar más alto.
Mis músculos se secaron y endurecieron, ya sin piel. Los tendones se contrajeron y los ligamentos formaron amarillos y quebradizos filamentos. Un pequeño zorro metió su hocico alargado en mi vientre y me mastico. Si hubiera podido, le hubiera acariciado su bello lomo plateado. Luego unos buitres pelearon por mis intestinos.
El sol brillaba fuerte, en un cielo perfectamente azul.
Pero el astro comenzó a caer, descendiendo hacia el oeste. Era un sol cansado, viejo, marchito, deseoso de partir. Comenzó a soplar una brisa fría y la temperatura disminuyó. El cielo pálido comenzó a llenarse de gruesas nubes desde el horizonte.
Los pastizales se volvieron amarillos y los arboles comenzaron a despedir su hojas color café que volaban por el viento. Todo se volvió nostálgico y melancólico.
Mis órganos comenzaron a deshacerse, ayudados por los gusanillos que salían desde la tierra. Las moscas ponían sus huevos en mi y los restos de mi carne ya estaban casi corroídos.
Contemplé el hermoso atardecer. Las nubes se volvieron naranjas y violetas, mientras el viento se hacía más frío y los arboles quedaban casi vacíos, desnudos ante la noche avecinante.
En la lejanía había nubes negras, que se acercaban.
Se hizo de noche, justo cuando comenzó a llover. Entonces todo fue silencio, en un bosque triste y apesadumbrado. Todo pareció muerto. Las nubes negras y grises cubrieron todo el cielo y el viento comenzó a rugir. El frío caminó por todos lados. De pronto un rayo cayó sobre un árbol y quemó la pradera, pero la lluvia lo apagó. Aún así solo, quedaron cenizas sobre la tierra, junto a arboles secos y marchitos, solo troncos desnudos ante el desconsuelo.
Algunos ratoncillos se escaparon entre las rocas y matorrales y algunos grillos trinaron, cuando la tormenta cesó. La lluvia comenzó a hacerse más fina y delgada, hasta transformarse en una pelusilla blanca y fría.
Mis huesos fueron cubiertos por la nieve...
y luego desaparecí.


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